domingo, 28 de abril de 2019

iii

III.
Los días entre semana a las diez de la mañana de por esa época, tenían el cielo del mismo color que los tiene este día gris. En ellos, todo parecía más quieto de lo acostumbrado y casi todos los que no tenían que levantarse a ganarse la vida, preferían quedarse encerrados en sus casas. La plaza solía verse vacía a excepción de los perros callejeros que merodeaban sin preocuparse por el clima.
A esa hora ella ya estaba levantada. Solía hacerlo siempre antes de las ocho y nunca después de las nueve. Hacía las cosas de manera tranquila y despaciosa, sin dejar entrever lo mecánico de sus actos matutinos, a pesar que habían sido los mismos durante más de 50 años. Tampoco dejaba ver en ellos ni en sus palabras ningún hálito de tristeza, a pesar de la soledad que le había implicado la muerte del abuelo.
Todos los días eran el mismo día. Esa era la regla del pueblo entero y también de La Casa. El día empezaba en el momento exacto en que ella abría las enormes puertas de su habitación, que así permanecían hasta que le llegaba la hora de volver a acostarse. Luego de ello atravesaba el patio, y al llegar al comedor buscaba el equipo de sonido, que había venido en avión de un lugar lejano a petición de uno de sus hijos menores, en el cual sintonizaba la emisora de música de los setentas.
Con ello aquel lugar se impregnaba de un aire hipnotizador: las mismas canciones sonaban todos los días al igual que la misma rutina se repetía todos los días. Cualquiera de los familiares, que por alguna razón había habitado durante un tiempo largo esa casona, podía escuchar esa música, a las diez de la mañana, en un día gris en cualquier parte del mundo y automáticamente transportarse a sus aromas, sonidos, colores y tiempos.
A esa hora el chocolate, el pan y las frutas envolvían el momento del desayuno y a partir de ahí llegaba el momento de hacer el aseo. El aseo en esa enorme casona, helada y de tapia, consistía básicamente en trapear su piso, asear su cocina y regar sus matas, todas ellas ubicadas estratégicamente para no hacer ver la casa como un herbario. Antes de las once solía haber terminado con todas estas labores y llegaba el tiempo del baño. Pero este solía ser el momento más inesperado de ese día infinito.
El sacerdote del pueblo, empezaba a hacer cuentas de las necesidades de su parroquia a eso de las ocho de la mañana y a eso de las diez, ya tenía claro que necesitaba y con quienes podían contar para lograrlo, realizando a menudo visitas a sus fieles para aunarlos a sus propósitos casi celestiales.
Y ella, toda una señora que se daba el lujo de tener la única casa existente en el marco de la plaza municipal, debía tener a su alcance toda la posibilidad de apoyar estas nobles necesidades materiales cuya compensación el sacerdote siempre afirmaba posible mediante retribuciones espirituales. Así las cosas, a las once de la mañana, siempre estaba abierta la posibilidad de que sonara el timbre de la casona.
Aunque el sacerdote no era el único que solía aparecerse en ese horario. Estaban los pobres (que en ese pequeño pedazo de tierra tropical no resultaban tan pobres y hambrientos como los de otras latitudes, pero que de todas maneras deambulaban por el pueblo sin un centavo en el bolsillo y a menudo con un poco de hambre o con unas cuantas desgracias en su inventario) quienes también sabían de lo desbordado de su caridad.
Y solían aparecer a esa hora y sin mayores protocolos en la casa, pidiendo que les regalaran uno de los mercaditos, transgrediendo con ello toda la dinámica que entre ella y el sacerdote habían establecido para sus entregas, cada miércoles de inicio de mes, en la puerta del ala derecha del templo parroquial, a todos aquellos que llegasen con los fichos repartidos en las misas a las personas calificadas como más necesitadas.
Por último, estaban los de servicios públicos, los del correo y los turistas que llegaban creyendo que se trataba de algún museo municipal al que había que tocar para poder entrar. Era una hora accidentada de recepción de visitas y de conversaciones cortas, en las que ella disimuladamente miraba de reojo el reloj, contabilizando el tiempo perdido.
Pasadas las doce, la casa volvía a quedar quieta y vacía. Ella se dirigía nuevamente a la cocina, donde rápidamente resolvía el asunto del hambre, dejando la cocina como si en ella jamás se hubiera cocinado.
Después de esto, olvidándose de la casa, se dirigía a su armario y al tocador, procurando afanarse para así poder atender sus compromisos del día. Cuando salía por la puerta, siempre después de las tres de la tarde, la casa perdía su esencia. Haría falta esperar al día siguiente, siempre antes de las nueve para volver a sentirla.



No hay comentarios:

Publicar un comentario