III.
Los días entre semana a las diez de
la mañana de por esa época, tenían el cielo del mismo color que los tiene este
día gris. En ellos, todo parecía más quieto de lo acostumbrado y casi todos los
que no tenían que levantarse a ganarse la vida, preferían quedarse encerrados
en sus casas. La plaza solía verse vacía a excepción de los perros callejeros
que merodeaban sin preocuparse por el clima.
A esa hora ella ya estaba levantada. Solía
hacerlo siempre antes de las ocho y nunca después de las nueve. Hacía las cosas
de manera tranquila y despaciosa, sin dejar entrever lo mecánico de sus actos
matutinos, a pesar que habían sido los mismos durante más de 50 años. Tampoco
dejaba ver en ellos ni en sus palabras ningún hálito de tristeza, a pesar de la
soledad que le había implicado la muerte del abuelo.
Todos los días eran el mismo día. Esa era
la regla del pueblo entero y también de La Casa. El día empezaba en el momento
exacto en que ella abría las enormes puertas de su habitación, que así
permanecían hasta que le llegaba la hora de volver a acostarse. Luego de ello
atravesaba el patio, y al llegar al comedor buscaba el equipo de sonido, que
había venido en avión de un lugar lejano a petición de uno de sus hijos
menores, en el cual sintonizaba la emisora de música de los setentas.
Con ello aquel lugar se impregnaba de un
aire hipnotizador: las mismas canciones sonaban todos los días al igual que la
misma rutina se repetía todos los días. Cualquiera de los familiares, que por
alguna razón había habitado durante un tiempo largo esa casona, podía escuchar
esa música, a las diez de la mañana, en un día gris en cualquier parte del
mundo y automáticamente transportarse a sus aromas, sonidos, colores y tiempos.
A esa hora el chocolate, el pan y las
frutas envolvían el momento del desayuno y a partir de ahí llegaba el momento
de hacer el aseo. El aseo en esa enorme casona, helada y de tapia, consistía
básicamente en trapear su piso, asear su cocina y regar sus matas, todas ellas
ubicadas estratégicamente para no hacer ver la casa como un herbario. Antes de
las once solía haber terminado con todas estas labores y llegaba el tiempo del
baño. Pero este solía ser el momento más inesperado de ese día infinito.
El sacerdote del pueblo, empezaba a hacer
cuentas de las necesidades de su parroquia a eso de las ocho de la mañana y a
eso de las diez, ya tenía claro que necesitaba y con quienes podían contar para
lograrlo, realizando a menudo visitas a sus fieles para aunarlos a sus propósitos
casi celestiales.
Y ella, toda una señora que se daba el
lujo de tener la única casa existente en el marco de la plaza municipal, debía
tener a su alcance toda la posibilidad de apoyar estas nobles necesidades
materiales cuya compensación el sacerdote siempre afirmaba posible mediante
retribuciones espirituales. Así las cosas, a las once de la mañana, siempre
estaba abierta la posibilidad de que sonara el timbre de la casona.
Aunque el sacerdote no era el único que
solía aparecerse en ese horario. Estaban los pobres (que en ese pequeño pedazo
de tierra tropical no resultaban tan pobres y hambrientos como los de otras
latitudes, pero que de todas maneras deambulaban por el pueblo sin un centavo
en el bolsillo y a menudo con un poco de hambre o con unas cuantas desgracias
en su inventario) quienes también sabían de lo desbordado de su caridad.
Y solían aparecer a esa hora y sin mayores
protocolos en la casa, pidiendo que les regalaran uno de los mercaditos,
transgrediendo con ello toda la dinámica que entre ella y el sacerdote habían
establecido para sus entregas, cada miércoles de inicio de mes, en la puerta
del ala derecha del templo parroquial, a todos aquellos que llegasen con los
fichos repartidos en las misas a las personas calificadas como más necesitadas.
Por último, estaban los de servicios públicos,
los del correo y los turistas que llegaban creyendo que se trataba de algún
museo municipal al que había que tocar para poder entrar. Era una hora
accidentada de recepción de visitas y de conversaciones cortas, en las que ella
disimuladamente miraba de reojo el reloj, contabilizando el tiempo perdido.
Pasadas las doce, la casa volvía a quedar
quieta y vacía. Ella se dirigía nuevamente a la cocina, donde rápidamente
resolvía el asunto del hambre, dejando la cocina como si en ella jamás se
hubiera cocinado.
Después de esto, olvidándose de la casa,
se dirigía a su armario y al tocador, procurando afanarse para así poder
atender sus compromisos del día. Cuando salía por la puerta, siempre después de
las tres de la tarde, la casa perdía su esencia. Haría falta esperar al día
siguiente, siempre antes de las nueve para volver a sentirla.

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